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El caso de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

Después de investigar el tema conviene exponer con orden lo que pocos entienden. El corazón del asunto son las nueve razones con las que la Fraternidad de San Pío X justifica su desobediencia al Papa desde el Concilio Vaticano II. Las examino aquí una por una.

Primera razón. “Hay un estado de necesidad”

Se dice: la crisis de la Iglesia es tan grave que hay un “estado de necesidad” que nos exime de la ley y nos autoriza a consagrar obispos para dar sacramentos a los fieles.

Respuesta. Nadie niega que haya crisis; negarlo sería ceguera. Pero el “estado de necesidad”, en el derecho de la Iglesia, exime solo de leyes humanas y disciplinares, nunca de las de derecho divino, las que Cristo mismo estableció. Y que un obispo necesite el permiso del Papa para consagrar a otro obispo es de derecho divino: brota de la constitución que Cristo dio a su Iglesia al poner a Pedro por cabeza. Esto no lo decimos nosotros con criterios modernos: lo enseña el papa Pío VI en 1791, en plena Revolución francesa (una necesidad mucho más extrema que la actual), con palabras que parecen escritas para este caso:

Os ordenamos no proceder a instituir nuevos obispos, ni siquiera por estado de necesidad… De lo contrario, estamos obligados a considerar cismáticos tanto a quienes consagran como a quienes son consagrados.

Pío VI, Caritas (1791)

“Ni siquiera por estado de necesidad”: la frase es letal para todo el edificio, y sale de la boca de un papa que la propia Fraternidad venera. Hay más: una necesidad, por su misma naturaleza, es transitoria. Un “estado de necesidad” que dura más de cuarenta años, que se hereda de generación en generación, que se institucionaliza con seminarios y una sucesión de obispos planificada, ha dejado de ser necesidad para convertirse en institución. Es como montar un hospital de campaña para una urgencia y, cuarenta años después, seguir llamándolo “de campaña”. La palabra ha perdido su sentido.

Conviene añadir algo que zanja la cuestión de raíz. Aunque se concediera, lo cual es mucho conceder, que la crisis es tan grave como se dice, de ahí no se seguiría el derecho a consagrar obispos contra el Papa, porque ese acto no viola una regla humana dispensable, sino que usurpa un poder que Cristo reservó a Pedro. Ninguna necesidad, por extrema que sea, autoriza a tomar lo que solo Cristo puede dar. La discusión sobre “cuán grave es la crisis” es, en el fondo, secundaria: siendo divina la ley que se transgrede, ninguna crisis la dispensa.

Segunda razón. “Sin consagrar, nos extinguiríamos”

Se dice: si no consagramos obispos, nos quedamos sin sacerdotes y sin Tradición; la obra se extinguiría, y con ella la Misa de siempre.

Respuesta. Esto es, en el fondo, dudar de las promesas de Cristo: creer que si esta obra concreta desaparece, la Iglesia perderá la Tradición. Pero Cristo no salva a su Iglesia por medio de un grupo autónomo de sacerdotes; la salva Él. Pensar que uno debe cometer un acto cismático para “salvar a la Iglesia” encierra un sutil orgullo: “yo la salvo”. Y los hechos lo desmienten: la Fraternidad San Pedro, la comunidad de Campos y miles de sacerdotes conservan íntegra la Tradición dentro de la comunión. Que la Tradición no perezca es promesa de Cristo; que esta institución concreta no perezca no lo es.

Ninguna orden religiosa, ni siquiera los jesuitas, suprimidos por un papa en 1773 y obedientes hasta en su propia disolución, pensó jamás que su desaparición arrastraría a la Iglesia.

Tercera razón. “Solo consagramos para dar sacramentos, no una estructura paralela”

Se dice: solo consagramos obispos para administrar sacramentos; no les damos territorio ni gobierno; no montamos una estructura paralela.

Respuesta. Es inexacto de hecho y de derecho. De hecho, la Fraternidad ha montado tribunales matrimoniales propios, pretende conceder nulidades y dispensas, desaconseja participar en la vida de la Iglesia ajena a ella: eso es una estructura paralela. De derecho, elegir y conservar obispos, predicar y absolver por todo el mundo, son actos de gobierno que suponen “jurisdicción”, el poder de regir a las almas.

Cuando se les objeta, responden que la jurisdicción “les viene de la necesidad de los fieles”. Pero esa idea, que el poder de gobierno en la Iglesia brota de la comunidad de los fieles, fue condenada como herética por Pío VI en 1794. Y san Pío X, el patrono mismo de la Fraternidad, enseña en su catecismo que el poder de la jerarquía “no viene del pueblo, sino únicamente de Dios”.

Sorprende que quienes se dicen guardianes de la Tradición sostengan, en este punto, una idea tan próxima al igualitarismo que dicen combatir.

Nota: no estoy en contra de la Tradición, estoy en contra de la actitud contraria a la caridad y la unidad de la Iglesia.

Cuarta razón. “Nos ampara la epiqueya”

Se dice: la “epiqueya”, interpretar la ley según lo que el legislador querría, nos autoriza a actuar como el Papa querría si conociera bien la situación. Como quien fuerza una puerta en un incendio, porque el dueño, de estar presente, lo aprobaría.

Respuesta. La epiqueya es una virtud verdadera, pero tiene una condición: que el legislador no esté presente o no pueda ser consultado. En el incendio, uno fuerza la puerta porque el dueño no está para autorizar. Aquí ocurre lo contrario: el legislador estaba presente y dijo “no” a la cara. Lefebvre pidió, el Papa respondió por escrito, lo advirtió formalmente.

Usar la epiqueya contra un legislador que prohíbe expresamente no es epiqueya: es desobediencia. El truco consiste en sustituir la voluntad real del Papa por una voluntad ideal que uno le atribuye (“si fuera fiel, querría que consagrásemos”); pero eso no es interpretar su voluntad, es inventarla, y erige el propio juicio en norma por encima de la autoridad. Es, otra vez, el principio protestante del libre examen, ahora aplicado al gobierno de la Iglesia.

Quinta razón. “Estamos contra la Iglesia conciliar, no contra la Iglesia”

Se dice: no estamos contra la Iglesia, sino contra la “Iglesia conciliar”, que es distinta de la Iglesia de siempre.

Respuesta. Es la idea de las “dos Iglesias” llevada al extremo, y ya vimos que es falsa. La Iglesia de Cristo es una sola. No hay una Iglesia verdadera y otra “conciliar” flotando a su lado. Si la Iglesia hubiera podido convertirse en una secta, la promesa de Cristo se habría roto.

Tener el retrato del Papa en la sacristía y rezar por él no cambia la realidad del acto, igual que tener la foto de la esposa no hace fiel al que la engaña. Por eso puede hablarse, con propiedad, de una “protestantización”: no en el rito, que conservan, sino en el modo de concebir la Iglesia: “la Iglesia oficial está corrompida, luego yo salvo la verdadera montando la mía”.

Lo curioso es que la Fraternidad de San Pío X fue constituida después del Concilio y aprobada por esa “iglesia postconciliar”.

Sexta razón. “La salvación de las almas es la ley suprema”

Se dice: el propio derecho de la Iglesia afirma que “la salvación de las almas debe ser siempre la ley suprema”; luego todo lo que hacemos por salvar almas está justificado, aun contra el Papa.

Respuesta. Es verdad que la salvación de las almas es el fin de toda ley de la Iglesia; el principio es hermoso. Pero la pregunta es: ¿quién decide cómo se salvan las almas? ¿Cada sacerdote por su cuenta, o la jerarquía puesta por Cristo? Si cada uno resuelve por su cuenta y pasa por encima de la autoridad, la Iglesia se disuelve en anarquía. El principio supone el orden de la Iglesia, no lo deroga.

Además, el argumento prueba demasiado: con él podría justificarse cualquier transgresión, también las de signo laxista que la Fraternidad, con razón, denuncia, pues todas se amparan en “el bien de las almas”. Un principio que lo justifica todo no justifica nada.

Séptima razón. “San Pablo resistió a san Pedro”

Se dice: si san Pablo corrigió a san Pedro “cara a cara” (Gálatas 2), ¿por qué no podríamos nosotros resistir al Papa?

Respuesta. La resistencia de Pablo fue una corrección sobre un punto de conducta (el trato con ciertos judíos convertidos), no un rechazo de la autoridad de Pedro; en el mismo pasaje, Pablo reconoce esa autoridad. Y, sobre todo: Pablo no fundó una jerarquía paralela, ni montó tribunales propios, ni consagró obispos contra Pedro, ni abrió seminarios rivales. Se mantuvo dentro de la comunión.

La corrección fraterna al superior es legítima, con respeto y sin romper la sujeción, pero se hace dentro de la obediencia, no fundando una Iglesia aparte. Invocar a san Pablo para romper la comunión es volver el texto del revés.

Octava razón. “La Tradición es la norma suprema”

Se dice: la Tradición es la norma suprema; si el Papa va contra la Tradición, seguimos la Tradición.

Respuesta. Aquí está el nudo de todo. La pregunta es: ¿quién define qué es la Tradición? La Tradición católica no es una idea abstracta que cada uno rellena a su gusto: es el depósito vivo transmitido y custodiado por el magisterio de la Iglesia, que es su intérprete legítimo. Al convertir “la Tradición” en un criterio privado (“la Tradición es lo que yo digo que es”), se fabrica una tradición personal, que es una contradicción: una tradición que no se recibe de la autoridad, sino que uno mismo define, ya no es tradición, sino opinión. Es el libre examen protestante, aplicado ahora a la Tradición en lugar de a la Escritura.

La Tradición y el magisterio no son dos instancias que puedan enfrentarse: el magisterio está al servicio de la Tradición como su único intérprete autorizado. Separarlos para oponerlos es quedarse, no con la Tradición pura, sino con la interpretación privada de quien los separa.

Novena razón. “Somos como san Atanasio”

Se dice: Lefebvre es el san Atanasio de hoy; también aquel santo obispo, en el siglo IV, consagró obispos sin permiso del Papa para salvar la fe frente a la herejía arriana.

Respuesta. El ejemplo se vuelve contra quien lo usa. San Atanasio, desterrado, consagró obispos sin poder contar con la voluntad del Papa (por lejanía o desconocimiento), o incluso con su reconocimiento tácito; pero jamás contra una prohibición expresa del Papa. Nunca montó una estructura paralela ni proclamó “esta es ahora la Iglesia verdadera”.

Toda la cuestión se juega en la diferencia entre dos palabras: consagrar sin permiso, cuando no se puede recurrir a Roma, puede excusarse; consagrar contra una prohibición expresa, teniendo pleno acceso a Roma y habiéndola desobedecido, es cisma. Lo mismo vale para los obispos clandestinos bajo el comunismo: obraron cuando no podían consultar a Roma, no contra una prohibición de Roma. Bien leído, el precedente condena el acto en lugar de justificarlo.

Por qué nos aferramos al error

Hay una verdad incómoda que Santo Tomás vio con una claridad que la psicología redescubrió siglos después: casi nunca sostenemos un error por falta de pruebas. Lo sostenemos por lo que nos costaría soltarlo.

En las cosas que de verdad importan, no creemos lo que la evidencia manda, sino lo que nuestro corazón ya quiere creer. No porque finjamos. Es más sutil: el afecto tuerce la mirada. “Según es cada uno, así le parece el fin” (S. Th. I-II, q. 9, a. 2). El soberbio ve como verdadero lo que protege su imagen. Y realmente lo ve así.

Los fariseos son el caso perfecto. Un ciego de nacimiento recupera la vista, y ellos no examinan el milagro: interrogan al testigo, lo acusan, y al final lo expulsan (Juan 9). No les faltaban pruebas. Les sobraba lo que tenían que perder: su condición de justos, su autoridad, la idea entera que tenían de sí mismos. Por eso Cristo dijo: “si fueran ciegos, no tendrían pecado” (Jn 9, 41). Su ceguera era elegida.

Y aquí viene lo que pocos se atreven a decir. El mismo mecanismo puede disfrazarse de fidelidad. Sucede cuando alguien se aleja de la plena comunión con la Iglesia creyendo defenderla, como en el caso de la Fraternidad de San Pío X. Santo Tomás distingue con precisión: el cisma no peca primero contra la fe, sino contra la caridad, contra la unidad (S. Th. II-II, q. 39, a. 1). Se puede creer todo el Credo y aun así romper la unidad.

El problema no es lo que aman, la liturgia tradicional, la doctrina de siempre, que son bienes reales. El problema es cómo lo aman: absolutizando el bien menor y sacrificando el mayor.

Y Santo Tomás da el golpe exacto: quien acepta de la Iglesia solo lo que le parece bien y rechaza lo demás, ya no cree apoyado en la autoridad de la Iglesia, sino en su propia voluntad (S. Th. II-II, q. 5, a. 3). Puede ser ortodoxo en el contenido; pero el fundamento cambió. Su juicio se volvió su propia regla, y una regla que se juzga a sí misma no tiene ante quién rectificar.

Por eso este error es el más estable de todos. El incrédulo sabe que está fuera. Este no: siente su resistencia como fidelidad. Y cada sacrificio hecho por la causa sube el precio de retractarse, porque ya no sería corregir una idea, sino desmontar una identidad.

El fariseo custodiaba la Ley con tanto celo que no reconoció al Legislador. Aquí se custodia la tradición con tanto celo que se deja de reconocer a la autoridad viva que la garantiza.

Para concluir: el error no se aferra al entendimiento, se aferra a la identidad. Por eso no se cura con más argumentos, que atacan donde no está la herida, sino con humildad, la única virtud que devuelve al entendimiento su capacidad de rendirse ante lo real. Al fariseo no le faltó evidencia. Le faltó estar dispuesto a dejar de ser quien creía ser.

Reconocer lo bueno sin llamar fidelidad a la desobediencia

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha hecho cosas buenas, y hay que decirlas sin recortarlas ni minimizarlas.

Han custodiado la sacralidad de la liturgia cuando en muchos lugares se descuidaba. Han formado sacerdotes serios, entregados, dispuestos a la pobreza y a la disponibilidad total. Han defendido la integridad de la doctrina cuando confesarla costaba desprecio. Han sostenido hogares donde los hijos aprenden a rezar de rodillas y el matrimonio se entiende como camino de sacrificio. Han dado a muchos el sentido de lo permanente en medio del vértigo. Todo esto es verdadero, es bueno, y es digno de admiración e imitación. No se les critica nada de esto. Sería injusto y sería falso.

Conviene decirlo con claridad, porque se ha extendido una confusión. Algunos afirman que se les ataca por ser fieles, por amar la Tradición, por sostener la liturgia antigua y la doctrina de siempre. Eso no es cierto. Nadie que juzgue rectamente reprocha la fidelidad, el amor a lo sagrado ni la firmeza doctrinal. Al contrario: esos bienes pertenecen a la Iglesia entera y deben resplandecer en ella.

El problema no es lo que defienden. El problema es que lo defienden desobedeciendo al Papa y separándose de la comunión visible que Cristo puso en su Iglesia. Y aquí Santo Tomás es preciso: distingue entre la materia de un acto y el modo del acto. Un bien defendido de manera desordenada no deja de ser bien, pero la defensa se vicia. La obediencia no es un añadido a la fe, sino parte de ella. La caridad se ordena antes a la unidad con Dios y con su Iglesia que a la defensa aislada de tal o cual verdad particular. Amar la Tradición y separarse de quien tiene el oficio de guardarla encierra una contradicción que ningún celo sincero alcanza a resolver, porque es querer conservar el fruto cortando la rama.

La doctrina milenaria que dicen defender incluye también esto: la sujeción al Romano Pontífice, sucesor de Pedro, sobre quien se edifica la Iglesia. No se puede invocar la Tradición para desobedecer a quien la Tradición misma manda obedecer. Quien se erige en juez del Papa en nombre de la Tradición ya no sirve a la Tradición, sino a su propio juicio.

Por eso invitamos con caridad y con firmeza a todos los que aman a la Iglesia y aman la Tradición a que no apoyen a quienes, tras el celo por lo bueno, buscan la división y el control absoluto sobre las conciencias, y de ningún modo la unidad y la obediencia. La verdadera fidelidad no separa del Papa: se somete a él. El verdadero amor a lo sagrado no rompe la comunión: florece dentro de ella.

Amemos, pues, lo mucho que en ellos hay de admirable, e imitémoslo. Que nadie tenga que salir de la casa para encontrar reverencia, doctrina firme y sacerdotes santos, porque todo eso pertenece por derecho a la Iglesia. Pero no confundamos la fidelidad con la desobediencia, ni llamemos defensa de la Tradición a la ruptura con quien la guarda.

Recemos por ellos, para que aquello bueno que defienden lo defiendan un día del único modo que lo hace plenamente fecundo: dentro de la comunión visible de la Iglesia, unidos al Papa y sujetos a él.

Ad maiorem Dei gloriam.

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