Lo preternatural que parece problema psicológico
El error doble de nuestro tiempo es atribuir al demonio lo que es enfermedad, y atribuir a la enfermedad lo que supera el orden de la naturaleza.
La tradición católica distingue con precisión tres órdenes o niveles de la realidad. El natural, que abarca todo lo que ocurre según las leyes propias de las cosas creadas. El sobrenatural, que pertenece a la gracia y supera por completo a toda naturaleza creada. Y el preternatural (aquello que, sin ser propiamente un milagro, sobrepasa el modo ordinario en que actúan las criaturas), que puede provenir tanto de los ángeles buenos como de los caídos. Santo Tomás enseña que los ángeles, por ser espíritus, pueden actuar sobre la imaginación y los sentidos internos del hombre, moviendo desde dentro los procesos corporales (Tomás de Aquino, Summa theologiae, I, q. 111, a. 3). Precisamente porque el demonio puede operar a través del cuerpo, su acción puede parecer, a primera vista, un síntoma psiquiátrico (propio de una enfermedad mental).
De ahí nace la dificultad que aquí nos ocupa. Hay cuadros que parecen posesión y son epilepsia (enfermedad neurológica que produce crisis por descargas eléctricas en el cerebro). Hay estados que parecen enfermedad y no encajan del todo en ninguna categoría médica. El discernimiento correcto no corresponde solo al médico ni solo al exorcista por separado, sino a ambos trabajando juntos y de manera ordenada, bajo la autoridad del obispo. El Ritual romano vigente para los exorcismos, titulado De exorcismis et supplicationibus quibusdam (Sobre los exorcismos y algunas súplicas), exige de modo expreso que, antes de todo exorcismo, se descarte con certeza moral la enfermedad, sobre todo la de tipo mental (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 1999).
Por qué lo preternatural puede parecer enfermedad
La razón de fondo tiene que ver con lo que es el hombre. El ser humano es una unidad sustancial de alma y cuerpo (es decir, no son dos cosas pegadas, sino un solo ser en el que ambos principios están profundamente unidos). En esta vida, ninguna operación del alma, ni siquiera el pensamiento, ocurre sin la participación de los sentidos y, por tanto, del cuerpo (Tomás de Aquino, Summa theologiae, I, q. 84, a. 7). El demonio no puede forzar directamente ni la inteligencia ni la voluntad, que permanecen libres, pero sí puede actuar sobre la imaginación, la memoria y las emociones, produciendo imágenes, turbaciones y movimientos interiores que la persona padece. Como estas mismas capacidades son las que se alteran en muchas enfermedades mentales, la manifestación externa puede coincidir. De aquí se sigue una consecuencia importante: que dos cosas produzcan efectos parecidos no prueba que tengan la misma causa. El parecido en los síntomas no autoriza a concluir que la causa sea la misma.
El terreno donde se confunden: enfermedades con contenido religioso
La psiquiatría (rama de la medicina que trata las enfermedades mentales) documenta muchos estados naturales cuyo contenido es religioso o cuya apariencia recuerda a lo sobrenatural. La epilepsia del lóbulo temporal (una zona del cerebro situada a los lados, detrás de las sienes) puede producir experiencias de intensa religiosidad, sensación de una presencia, e incluso gestos de contenido devoto; los estudios calculan que estas experiencias religiosas aparecen aproximadamente en entre el 0.4 y el 3.1 por ciento de los pacientes con cierto tipo de epilepsia (Devinsky y Lai, 2008; Ali et al., 2015). Los trastornos psicóticos (enfermedades mentales graves en las que la persona pierde el contacto con la realidad, como la esquizofrenia) presentan con frecuencia delirios (creencias falsas mantenidas con firmeza pese a toda prueba en contra) y alucinaciones (percepciones sin objeto real, como oír voces que nadie más oye) de contenido religioso. Entre ellos aparecen delirios de posesión, voces atribuidas a Dios, al demonio o a los santos, y delirios de grandeza en los que la persona se cree un salvador. Su frecuencia varía mucho según la cultura y el estudio (Cook, 2015; Mohr et al., 2006).
El médico católico debe conocer esta realidad. No para reducir toda experiencia espiritual a un asunto de neuronas, lo cual sería un error llamado reduccionismo (pretender explicar algo complejo rebajándolo por completo a sus partes más simples), sino para no atribuir con ligereza a causa preternatural lo que se explica de sobra por causas naturales. La regla prudente es antigua y firme: no hay que recurrir a causas superiores cuando las causas naturales bastan para explicar el fenómeno. Por eso la hipótesis (suposición que se examina) de una acción preternatural es la última en el orden del discernimiento, no la primera, y solo se sostiene cuando aparecen signos que verdaderamente superan lo que la naturaleza permite y que persisten después de un examen médico y psicológico competente.
Los signos que el Ritual reconoce
La tradición de la Iglesia, desde el Ritual romano de 1614 hasta la edición oficial de 1999, no fía el discernimiento a la simple rareza del cuadro, sino a signos que rebasan las capacidades naturales de la persona. Son estos: hablar o entender lenguas desconocidas sin haberlas aprendido nunca (fenómeno llamado xenoglosia), manifestar conocimiento de cosas ocultas o lejanas que no pudo saber por medios naturales, y mostrar una fuerza física muy superior a la que corresponde a su edad y condición (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, 1999, introducción). Conviene notar la naturaleza de estos criterios: no son síntomas de enfermedad, sino capacidades que sobrepasan lo que la naturaleza de esa persona permite. Un delirio, por extraño que sea, sigue estando dentro del orden natural; hablar de pronto una lengua nunca aprendida, no. La diferencia no es de grado, sino de clase.
Los exorcistas con experiencia añaden otro signo que la vida espiritual confirma: el rechazo intenso y desproporcionado a lo sagrado, cuando no se explica por una mala experiencia religiosa previa ni por el contenido de un delirio, y cuando se presenta junto a los signos anteriores. Ninguno de estos indicios, tomado por separado, es una prueba. Es su aparición conjunta, valorada con certeza moral y después de descartar la enfermedad, lo que orienta el juicio.
El principio de trabajo conjunto
La práctica actual de la Iglesia, lejos de enfrentar la fe con la ciencia, las une. Los exorcistas trabajan de ordinario con psiquiatras y psicólogos, y la mayor parte de los casos que piden una liberación resultan ser, tras el examen, enfermedades que competen únicamente al médico. Los propios exorcistas experimentados reconocen que las posesiones verdaderas son pocas frente a la gran cantidad de padecimientos mentales que se les presentan. Esto no debilita la doctrina sobre la acción del demonio: la protege, porque la libra de la credulidad (tendencia a creer con demasiada facilidad) que la desprestigia. Atribuir al demonio lo que es enfermedad no honra la fe: la expone a la burla y, lo que es peor, deja al enfermo sin el tratamiento que necesita.
El error contrario, sin embargo, también existe y hoy está más extendido en ciertos ambientes. El naturalismo (postura que niega la existencia de cualquier realidad superior a la naturaleza material) es aceptable como simple método de trabajo dentro de las ciencias, pero se vuelve un error cuando se convierte en una afirmación filosófica que niega de antemano toda causa que exceda lo medible. Un médico que, por principio, ha descartado la posibilidad misma de lo preternatural no está discerniendo: está aplicando una creencia disfrazada de rigor científico. La recta razón permanece abierta a toda la realidad, incluida aquella que el solo experimento no alcanza a medir.
Criterios para el médico y para el fiel
De todo lo anterior se sigue un orden prudente. Primero, presúmase siempre la causa natural y complétese el examen médico y psicológico antes de considerar cualquier explicación extraordinaria. Segundo, recuérdese que el parecido de los síntomas no prueba que la causa sea la misma, y que la mayoría de los cuadros que evocan lo sobrenatural se explican por vías naturales. Tercero, resérvese la explicación preternatural para los casos en que aparezcan signos que de verdad superen el orden de la naturaleza, y sométase siempre el juicio a la autoridad de la Iglesia, nunca a la iniciativa privada. Cuarto, manténgase la doble apertura: ni credulidad que ve demonios donde hay enfermedad, ni naturalismo que niega el espíritu porque no cabe en sus instrumentos.
El hombre de fe formado en la tradición realista (la corriente filosófica que sostiene que la realidad existe con independencia de nuestra mente y que podemos conocerla verdaderamente) tiene aquí una ventaja: no necesita elegir entre la neurología y la teología, porque sabe que la verdad no se contradice a sí misma. El mismo Dios que ordenó la naturaleza permite, dentro de ese orden, la acción de los espíritus; y la misma razón que estudia el cerebro puede reconocer sus límites sin negar lo que los supera. Discernir es, precisamente, dar a cada causa lo que le corresponde.
Ad maiorem Dei gloriam.
Referencias
Ali, S., Rajapakse, S., Zaghloul, A. G., Faiz, A., & Sharma, A. (2015). Isolated hyperreligiosity in a patient with temporal lobe epilepsy. Case Reports in Neurological Medicine, 2015, 235856. https://doi.org/10.1155/2015/235856
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. (1999). De exorcismis et supplicationibus quibusdam (Edición oficial). Typis Vaticanis.
Cook, C. C. H. (2015). Religious psychopathology: The prevalence of religious content of delusions and hallucinations in mental disorder. International Journal of Social Psychiatry, 61(4), 404-425. https://doi.org/10.1177/0020764015573089
Devinsky, O., & Lai, G. (2008). Spirituality and religion in epilepsy. Epilepsy & Behavior, 12(4), 636-643. https://doi.org/10.1016/j.yebeh.2007.11.011
Mohr, S., Brandt, P.-Y., Borras, L., Gilliéron, C., & Huguelet, P. (2006). Toward an integration of spirituality and religiousness into the psychosocial dimension of schizophrenia. American Journal of Psychiatry, 163(11), 1952-1959. https://doi.org/10.1176/ajp.2006.163.11.1952
Tomás de Aquino. (1265-1274/2001). Suma de teología (Ed. de la Biblioteca de Autores Cristianos). BAC.
